Me gusta cagar fue lo primero que pensé mientras embadurnaba la loza cual pastelero fabricando chilenitos enajenado sobre el blanco merengue decorándolo con abundante manjar. Y es que cagar, pienso, bien ganado tiene su puesto en los tres o cuatro mandamientos de la felicidad de cualquier hombre que disfruta cuando el cargamento lo obliga a tomar rumbo hacia el baño para llenar de vida esa fría catacumba blanca que con un par de ecos musicaliza la estertórea e individual libertad que otorga una buena cagada. Sin embargo este mar de pedos sin palmeras no es tan paradisíaco como yo siempre lo quiero, porque después de tanta gloria invariablemente caes de la hamaca cuando llega el momento de limpiarse el culo. Tal vez la cagada perfecta no estaba cuando usaba pañales porque no es nada cómodo cargar un bulto de mierda hasta que algún familiar se de cuenta de que hueles mal; tampoco la cagada perfecta estaba en aquellos mozos años en que escudado en mi inmadurez luego de jaspear la taza llamaba a mi madre y ella acudía a mi rescate para dejar impoluto mi delito, pues no era tan perfecta dicha cagada si nadie lograba oír que ya había terminado mi trabajo lo que trajo como consecuencia que tuviera que aprender a limpiar mi propio culo hasta que un día cualquiera en una de esas tantas defecadas pasa a veces que te alegra la vida pasar el papel higiénico por la canoa y al intentar observar el dibujo que dejaron las rayas color ocre o marrón en el papel te das cuenta que no hay nada, y que el confort sigue siendo papel higiénico, y por más veces que busco alguna huella de mi defecada no encuentro absolutamente nada, siendo los únicos fieles testigos y protagonistas de esa perfecta cagada un par submarinos que nadan felices esperando que tires la cadena...
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